La expedición en globo al Ártico de 1897, liderada por el ingeniero y explorador sueco Salomon August Andrée, constituye uno de los episodios más fascinantes —y trágicos— de la historia de la exploración polar. Concebida en un momento de enorme fe en el progreso técnico y científico de finales del siglo XIX, la empresa pretendía alcanzar el Polo Norte mediante un medio radicalmente innovador: un globo aerostático propulsado por el viento. Su desenlace, sin embargo, reveló con crudeza los límites de la tecnología y del optimismo científico de la época.
Andrée, nacido en 1854, era un convencido defensor de la aplicación de la ingeniería moderna a los grandes retos geográficos. Influido por el positivismo y por el clima intelectual del imperialismo europeo, consideraba que el Ártico podía ser “dominado” gracias a la ciencia. El proyecto consistía en despegar desde el archipiélago de Svalbard y dejarse llevar por los vientos dominantes hacia el Polo Norte y, posteriormente, hasta Canadá o Rusia. Para ello diseñó el globo Örnen (“El Águila”), relleno de hidrógeno, que incorporaba un sistema de cuerdas de arrastre con el fin de estabilizar el vuelo y permitir cierto control de la dirección.
La expedición contaba con un importante respaldo institucional y financiero. La Real Academia Sueca de Ciencias y figuras destacadas como Alfred Nobel apoyaron el proyecto, que fue presentado como una empresa nacional y un hito del ingenio humano. En 1896 se realizó un primer intento fallido debido a problemas técnicos y meteorológicos, pero Andrée no renunció a su objetivo. Finalmente, el 11 de julio de 1897, el globo despegó con Andrée y dos acompañantes: el ingeniero Knut Frænkel y el fotógrafo Nils Strindberg.
Desde el inicio, la expedición estuvo marcada por la adversidad. El globo perdió hidrógeno con rapidez, lo que redujo drásticamente su capacidad de sustentación. Las cuerdas de arrastre, lejos de proporcionar estabilidad, incrementaron la fricción y dificultaron el avance. Tras apenas 65 horas de vuelo, el Örnen se vio obligado a descender sobre el hielo a unos 480 kilómetros del punto de partida. El plan original había fracasado de manera irreversible.
A partir de ese momento, la expedición se transformó en una lucha desesperada por la supervivencia. Los tres hombres emprendieron una larga marcha a pie sobre la banquisa ártica, arrastrando trineos con provisiones y equipamiento científico. Sus diarios revelan un conocimiento limitado de las técnicas de supervivencia polar, especialmente en comparación con exploradores posteriores como Fridtjof Nansen o Roald Amundsen. La dieta, basada en conservas y carne de oso polar, resultó inadecuada y posiblemente peligrosa desde el punto de vista sanitario.
Tras semanas de agotador avance, los expedicionarios alcanzaron la remota isla de Kvitøya, donde establecieron un último campamento. Allí murieron en circunstancias que durante décadas permanecieron envueltas en el misterio. No fue hasta 1930 cuando una expedición noruega halló los restos del campamento, junto con los cuerpos, los diarios y las fotografías de Strindberg. Estos documentos permitieron reconstruir con bastante precisión los acontecimientos finales, aunque algunas incógnitas —como la causa exacta de la muerte— siguen siendo objeto de debate historiográfico.
Las hipótesis sobre el fallecimiento de los tres hombres incluyen la inanición, el escorbuto, la intoxicación por triquinosis (procedente de carne de oso mal cocinada) o incluso el envenenamiento por plomo de las latas de conserva. Sea cual fuere la causa concreta, el desenlace puso de manifiesto los riesgos de una expedición mal preparada y excesivamente confiada en la tecnología.
Desde una perspectiva histórica, la expedición de Andrée simboliza tanto la audacia como la arrogancia de la exploración decimonónica. Representa la creencia, muy extendida en la Europa de fin de siglo, de que la naturaleza podía ser vencida mediante la aplicación de la ciencia y la técnica, sin una comprensión plena de los entornos extremos. Al mismo tiempo, su fracaso contribuyó a un replanteamiento de las estrategias de exploración polar, favoreciendo métodos más empíricos y adaptados a las condiciones locales.
Hoy, la expedición en globo de 1897 ocupa un lugar destacado en la memoria cultural del Ártico. Más allá de su tragedia, continúa fascinando por la combinación de idealismo, innovación y error humano que encarna. Es, en definitiva, un recordatorio de que el progreso científico no avanza de forma lineal y de que la historia de la exploración está hecha tanto de triunfos como de fracasos dramáticos.



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