miércoles, 25 de febrero de 2026

El sistema de bloques previo a la Primera Guerra Mundial

El sistema de bloques previo a la Primera Guerra Mundial

 


En las décadas anteriores al estallido de la Primera Guerra Mundial, Europa vivió una progresiva polarización de las grandes potencias en torno a un sistema de alianzas militares y diplomáticas que acabó dividiendo el continente en dos grandes bloques antagónicos. Este sistema, concebido inicialmente como un mecanismo de equilibrio y disuasión, terminó por generar una dinámica de confrontación rígida que contribuyó de forma decisiva a la internacionalización del conflicto en 1914. Como ha señalado Christopher Clark, la Europa de preguerra no avanzó de manera consciente hacia la guerra, sino que lo hizo atrapada en una red de compromisos, percepciones erróneas y mecanismos automáticos que limitaron gravemente la capacidad de decisión de los gobiernos (Clark, 2014).

Tras la unificación de Alemania en 1871, el nuevo Imperio alemán se convirtió en el principal factor de transformación —y potencial desestabilización— del equilibrio europeo. La victoria sobre Francia y la proclamación del Reich en Versalles alteraron profundamente el sistema internacional surgido tras el Congreso de Viena. Bajo la dirección del canciller Otto von Bismarck, la política exterior alemana tuvo como objetivo central aislar diplomáticamente a Francia y evitar una guerra en dos frentes que enfrentara simultáneamente a Alemania con Rusia y con las potencias occidentales. Para ello, Bismarck diseñó una compleja red de alianzas defensivas que buscaban garantizar la estabilidad mediante el equilibrio de fuerzas y la moderación diplomática (Steiner, 2005).

En este contexto surgió la Triple Alianza, firmada en 1882 entre Alemania, el Imperio austrohúngaro e Italia. Este pacto tenía un carácter esencialmente defensivo y pretendía asegurar apoyo mutuo en caso de agresión, especialmente frente a Francia o Rusia. Para Alemania, la alianza reforzaba su posición estratégica en Europa central; para Austria-Hungría, ofrecía respaldo frente a la presión rusa en los Balcanes; e Italia la utilizó como instrumento de prestigio internacional, aunque su compromiso real con el bloque fue siempre ambiguo (MacMillan, 2013).

Sin embargo, el sistema bismarckiano comenzó a mostrar signos de fragilidad y terminó por desmoronarse tras la destitución del canciller en 1890. El emperador Guillermo II abandonó la prudente diplomacia de su predecesor y adoptó una política exterior más ambiciosa y agresiva, conocida como Weltpolitik. Esta nueva orientación aspiraba a situar a Alemania como una potencia global mediante la expansión colonial y, sobre todo, el fortalecimiento de su marina de guerra. La construcción de una gran flota oceánica supuso un desafío directo a la supremacía naval británica y alteró profundamente el equilibrio estratégico europeo (Strachan, 2001).

La Weltpolitik provocó una creciente desconfianza entre las demás potencias, especialmente en el Reino Unido, tradicional garante del equilibrio continental. La percepción británica de que Alemania aspiraba a disputar su hegemonía mundial llevó a un progresivo abandono de la política de neutralidad benevolente hacia Berlín. Como subraya David Stevenson, el problema no fue únicamente el aumento del poder alemán, sino la forma en que este se manifestó sin una estrategia diplomática coherente que tranquilizara a sus vecinos (Stevenson, 2004).


Francia, por su parte, buscó activamente romper su aislamiento internacional tras la derrota sufrida en la guerra franco-prusiana de 1870-1871 y la pérdida de Alsacia y Lorena. La oportunidad llegó con el acercamiento a Rusia, una potencia igualmente preocupada por la expansión austrohúngara en los Balcanes y por la creciente influencia alemana en Europa oriental. En 1894 se formalizó la alianza franco-rusa, que supuso un giro decisivo en la política europea al establecer un contrapeso directo a la Triple Alianza y poner fin a la supremacía diplomática alemana en el continente (Clark, 2014).

El tercer pilar del bloque contrario a las Potencias Centrales fue el Reino Unido. Durante gran parte del siglo XIX, la política británica se había basado en el llamado splendid isolation, evitando compromisos militares permanentes en Europa continental. No obstante, el rápido crecimiento industrial y naval de Alemania, junto con las tensiones coloniales en África y Asia, llevó a Londres a revisar profundamente esta postura. En 1904, Gran Bretaña firmó con Francia la Entente Cordiale, un acuerdo que resolvía antiguas disputas coloniales y sentaba las bases de una cooperación diplomática duradera. Tres años más tarde, en 1907, se alcanzó un entendimiento similar con Rusia, lo que dio lugar a la Triple Entente, integrada por Francia, Rusia y el Reino Unido.

A diferencia de la Triple Alianza, la Triple Entente no constituyó una alianza militar formal con obligaciones automáticas de intervención, sino más bien una convergencia progresiva de intereses estratégicos frente a la amenaza percibida de Alemania y sus aliados. Sin embargo, en la práctica, este bloque funcionó como un sistema de compromisos tácitos que limitaba seriamente el margen de maniobra diplomática de las potencias implicadas. Como destaca Margaret MacMillan, la diferencia entre alianzas formales e informales resultó irrelevante en un contexto de movilización general y planificación militar rígida (MacMillan, 2013).



El sistema de bloques tuvo efectos profundos sobre la política internacional europea. En primer lugar, impulsó una intensa carrera armamentística, especialmente visible en la rivalidad naval entre Alemania y Gran Bretaña y en el fortalecimiento de los ejércitos de masas en el continente. En segundo lugar, fomentó una diplomacia de crisis permanente en la que los conflictos locales —como las crisis marroquíes o las guerras balcánicas— adquirían rápidamente una dimensión internacional. La lógica de las alianzas hacía que cualquier enfrentamiento regional pudiera activar un efecto dominó de movilizaciones y amenazas de guerra (Strachan, 2001).

Finalmente, el sistema de bloques contribuyó decisivamente a la creación de una mentalidad de guerra inevitable. La percepción generalizada de que el equilibrio era inestable y de que el tiempo jugaba en contra llevó a muchos dirigentes políticos y militares a considerar el conflicto como una solución aceptable, e incluso necesaria, para resolver tensiones acumuladas. Así, cuando el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo en junio de 1914 desencadenó la crisis definitiva, las alianzas existentes transformaron un conflicto austro-serbio en una guerra europea y, posteriormente, mundial (Stevenson, 2004).

En conclusión, el sistema de bloques previo a la Primera Guerra Mundial, lejos de garantizar la paz, rigidizó las relaciones internacionales y multiplicó el alcance de las crisis diplomáticas. Concebido como un mecanismo de seguridad colectiva, terminó convirtiéndose en uno de los principales factores estructurales que condujeron al estallido del conflicto en 1914. La experiencia demuestra que el equilibrio basado en alianzas rígidas puede, en determinadas circunstancias, generar precisamente la guerra que pretende evitar.

Referencias:

  • Clark, Christopher (2014). Sonámbulos: Cómo Europa fue a la guerra en 1914. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
  • MacMillan, Margaret (2013). 1914: De la paz a la guerra. Madrid: Turner.
  • Stevenson, David (2004). 1914-1918: Historia de la Primera Guerra Mundial. Barcelona: Debate.
  • Strachan, Hew (2001). The First World War: Volume I: To Arms. Oxford: Oxford University Press.
  • Steiner, Zara (2005). The Lights That Failed: European International History 1919–1933. Oxford: Oxford University Press.
  • https://es.slideshare.net/slideshow/las-alianzas-de-la-primera-guerra-mundial/28996039

martes, 24 de febrero de 2026

Expedición en globo al Ártico de 1897

La expedición en globo al Ártico de 1897, liderada por el ingeniero y explorador sueco Salomon August Andrée, constituye uno de los episodios más fascinantes —y trágicos— de la historia de la exploración polar. Concebida en un momento de enorme fe en el progreso técnico y científico de finales del siglo XIX, la empresa pretendía alcanzar el Polo Norte mediante un medio radicalmente innovador: un globo aerostático propulsado por el viento. Su desenlace, sin embargo, reveló con crudeza los límites de la tecnología y del optimismo científico de la época.

Andrée, nacido en 1854, era un convencido defensor de la aplicación de la ingeniería moderna a los grandes retos geográficos. Influido por el positivismo y por el clima intelectual del imperialismo europeo, consideraba que el Ártico podía ser “dominado” gracias a la ciencia. El proyecto consistía en despegar desde el archipiélago de Svalbard y dejarse llevar por los vientos dominantes hacia el Polo Norte y, posteriormente, hasta Canadá o Rusia. Para ello diseñó el globo Örnen (“El Águila”), relleno de hidrógeno, que incorporaba un sistema de cuerdas de arrastre con el fin de estabilizar el vuelo y permitir cierto control de la dirección.

La expedición contaba con un importante respaldo institucional y financiero. La Real Academia Sueca de Ciencias y figuras destacadas como Alfred Nobel apoyaron el proyecto, que fue presentado como una empresa nacional y un hito del ingenio humano. En 1896 se realizó un primer intento fallido debido a problemas técnicos y meteorológicos, pero Andrée no renunció a su objetivo. Finalmente, el 11 de julio de 1897, el globo despegó con Andrée y dos acompañantes: el ingeniero Knut Frænkel y el fotógrafo Nils Strindberg.

Desde el inicio, la expedición estuvo marcada por la adversidad. El globo perdió hidrógeno con rapidez, lo que redujo drásticamente su capacidad de sustentación. Las cuerdas de arrastre, lejos de proporcionar estabilidad, incrementaron la fricción y dificultaron el avance. Tras apenas 65 horas de vuelo, el Örnen se vio obligado a descender sobre el hielo a unos 480 kilómetros del punto de partida. El plan original había fracasado de manera irreversible.

A partir de ese momento, la expedición se transformó en una lucha desesperada por la supervivencia. Los tres hombres emprendieron una larga marcha a pie sobre la banquisa ártica, arrastrando trineos con provisiones y equipamiento científico. Sus diarios revelan un conocimiento limitado de las técnicas de supervivencia polar, especialmente en comparación con exploradores posteriores como Fridtjof Nansen o Roald Amundsen. La dieta, basada en conservas y carne de oso polar, resultó inadecuada y posiblemente peligrosa desde el punto de vista sanitario.

Tras semanas de agotador avance, los expedicionarios alcanzaron la remota isla de Kvitøya, donde establecieron un último campamento. Allí murieron en circunstancias que durante décadas permanecieron envueltas en el misterio. No fue hasta 1930 cuando una expedición noruega halló los restos del campamento, junto con los cuerpos, los diarios y las fotografías de Strindberg. Estos documentos permitieron reconstruir con bastante precisión los acontecimientos finales, aunque algunas incógnitas —como la causa exacta de la muerte— siguen siendo objeto de debate historiográfico.


Las hipótesis sobre el fallecimiento de los tres hombres incluyen la inanición, el escorbuto, la intoxicación por triquinosis (procedente de carne de oso mal cocinada) o incluso el envenenamiento por plomo de las latas de conserva. Sea cual fuere la causa concreta, el desenlace puso de manifiesto los riesgos de una expedición mal preparada y excesivamente confiada en la tecnología.

Desde una perspectiva histórica, la expedición de Andrée simboliza tanto la audacia como la arrogancia de la exploración decimonónica. Representa la creencia, muy extendida en la Europa de fin de siglo, de que la naturaleza podía ser vencida mediante la aplicación de la ciencia y la técnica, sin una comprensión plena de los entornos extremos. Al mismo tiempo, su fracaso contribuyó a un replanteamiento de las estrategias de exploración polar, favoreciendo métodos más empíricos y adaptados a las condiciones locales.

Hoy, la expedición en globo de 1897 ocupa un lugar destacado en la memoria cultural del Ártico. Más allá de su tragedia, continúa fascinando por la combinación de idealismo, innovación y error humano que encarna. Es, en definitiva, un recordatorio de que el progreso científico no avanza de forma lineal y de que la historia de la exploración está hecha tanto de triunfos como de fracasos dramáticos.

martes, 17 de febrero de 2026

Política exterior de Felipe II con respecto a Inglaterra. ¿Solo una cuestión religiosa?

 

Política exterior de Felipe II con respecto a Inglaterra. ¿Solo una cuestión religiosa?

Felipe II y María de Tudor, en una pintura de Hans Eworth realizada en 1558 

La política exterior de Felipe II en referencia a Inglaterra es un claro ejemplo de cómo el desarrollo de las relaciones diplomáticas entre los distintos estados fue adquiriendo cada vez más importancia dentro de las características del nuevo Estado Moderno. Los más de cuarenta años de reinado ocasionaron que esta política exterior tuviera diversas fases y particularidades, todas expuestas a factores políticos, económicos y por supuesto religiosos, la mayoría de las veces interrelacionados.

Las relaciones diplomáticas con Inglaterra comienzan incluso antes de la subida al trono de Felipe ya que su padre, el emperador Carlos V, sabiendo que la guerra no sólo se libraba en los campos de batalla consiguió que Felipe se casara en 1554 con la reina católica Maria Tudor, que accedió al trono ingles en 1553. La unión no dio los frutos deseados en forma de un heredero. A su muerte en 1558, Felipe que era solo rey consorte pierde su posición en Inglaterra y su intención de restaurar el catolicismo a la vez de crear un espacio de influencia favorable entre los Países Bajos y los territorios ingleses con el fin de arrinconar a la entonces gran adversaria; Francia.

Tras acceder al trono de Inglaterra Isabel I de religión anglicana, Felipe II, al principio “hizo esfuerzos por mantener a Isabel I dentro de su órbita, lo que demuestra que su política exterior no era exclusivamente confesional” (Domínguez, 1997, p 186) motivado sobre todo por mantener “la tradicional alianza dinástica en clave antifrancesa, sus años como rey de Inglaterra, la importancia de garantizar las comunicaciones con los países Bajos o la vinculación económica anglofalmenca”. (Ribot, 2016, p317). Incluso hubo un intento frustrado de matrimonio entre los dos soberanos.

Retrato Darnley (h. 1575)

La situación comenzó a variar paulatinamente a partir de 1559 con la Paz de Cateau-Cambresis que cerraba las hostilidades entre España y Francia, afianzada con una alianza matrimonial (Isabel de Valois) y mantenía la paz con Francia durante casi el resto del reinado. (Fernández). La posición política de Isabel I comenzó a dirigirse hacia “su necesidad de afianzarse en el trono y de retomar el proceso de anglicanización del país” (Salvador, 2015).

En 1568, la católica Maria Estuardo, exreina de Escocia se exilia a Inglaterra donde crea suspicacias a Isabel I por la posibilidad de usurpar el trono y dos años mas tarde con la excomunión de la reina inglesa por parte del papa – proceso “que Felipe II había tratado infructuosamente de evitar” (Salvador, 2015, p 236) demostrando nuevamente que la posición del monarca español en referencia a la religión no era tan determinante como se ha querido mostrar.

A partir de ese momento, la situación diplomática comienza a enrarecerse. Inglaterra comienza a desarrollar su marina con el objetivo de entrar en los beneficios de la explotación de las riquezas del Nuevo Mundo mediante actos de piratería encubierta, pues la propia reina participaba en calidad de accionista y beneficiaria, sobre un territorio donde la Monarquía hispánica tenía derechos exclusivos. (Domínguez 1997) En cierta manera se observa como la economía influye en la política exterior. Inglaterra dejaba de ser un país de agricultores y pastores del que nada se podía temer a un estado que interviene en el comercio de una gran potencia. Al mismo tiempo, la rebelión de los Países Bajos supuso que Isabel I comenzara a apoyar a los protestantes flamencos y franceses. Esta última circunstancia ponía en peligro la seguridad o la integridad territorial de las posesiones hispánicas.

Todos estos hechos ocasionaron que junto a la ejecución de María Estuardo, hecho que eliminaba toda esperanza de apartar de la escena de Isabel y su política antiespañola (Domínguez, 1997, p 189) se iniciaran las hostilidades entre los dos países de forma abierta con los resultados ya conocidos; desastre de la Gran Armada, hegemonía española más comprometida y el ascenso de Inglaterra como potencia marítima aunque hay que reseñar el fracaso de la Armada inglesa sobre La Coruña y Lisboa, en 1589, demostrando las dificultades de una invasión por mar de la Península igual que la de Inglaterra. (Gómez-Centurión, 1992)

La Gran Armada

En resumen, la política exterior de Felipe II en referencia a Inglaterra tuvo matices que fluctuaron desde un estado de alianza con Maria Tudor, una primera fase cordial con Isabel I donde existieron intereses comunes, una fase intermedia de lucha encubierta que derivó al final hacia las hostilidades directas. Si bien es innegable que las diferencias religiosas existieron desde el principio, éstas fueron obviadas cuando los intereses políticos y económicos favorecían a los dos países. Cuando Isabel I quiso y pudo afianzarse en el poder las relaciones pasaron a ser hostiles. Al final no hubo destrucción mutua de ambos gobernantes, pero si es cierto que Felipe II, tal y como comenta Ribot (2008) perdió la “guerra de la opinión” pasando a ser mostrado como un rey intransigente en aspectos religiosos.

 

Bibliografía

Domínguez, A. (1997) Historia Universal. Edad Moderna Vol.III. Barcelona. Vicens Vives

Fernández Álvarez, M. Biografía de Felipe II Recuperado de https://dbe.rah.es/biografias/10065/felipe-ii

Gómez-Centurión, C. (1992). Las relaciones internacionales (1494-1598) En L. Ribot (Coord.) Historia del Mundo Moderno. (2ª Ed. p. 273-313). San Sebastián de los Reyes. Madrid. Actas.

Salvador, E. (2015). Las guerras en la Europa de Felipe II (1559-1598). En A. Floristán (coord.). Historia Moderna Universal, (1ª Ed. p. 221-241) Barcelona. Ariel.

Ribot, L. (2008) La política internacional de Felipe II Recuperado de https://canal.uned.es/video/5a6f337db1111fb50f8b555a

Ribot, L. (2016) La Edad Moderna (siglos XV-XVIII). (6ª Ed.). Madrid. Marcial Pons Historia.

miércoles, 11 de febrero de 2026

La Guerra de África (1859-1860)

 

La Guerra de África (1859-1860)

La Batalla de Tetuán (1894), por Dionisio Fierros

La Guerra de África de 1859-1860 fue un conflicto armado que se produjo entre España y el sultanato de Marruecos causado directamente por los ataques de cabilas rifeñas contra las defensas de Ceuta. El gobierno de Leopoldo O’Donnell aprovechó estos incidentes para reforzar el prestigio de España. (Rueda, 2011; 267-268) Siendo esto último, la verdadera causa de la guerra, la contienda sirvió para reforzar la autoridad de Isabel II, frenar a la oposición y desviar la atención de la crisis económica, los conflictos sociales y la corrupción del gobierno, además de proyectar una imagen heroica de España. Externamente, la expansión francesa en Argelia impulsó a España a afirmar su presencia en Ceuta y Melilla, al mismo tiempo mientras que las incursiones de tribus marroquíes justificaban la intervención. También buscaba aumentar su influencia diplomática frente a Francia, Inglaterra y Portugal mediante una victoria sobre Marruecos y una paz negociada favorable.

Tras la declaración de guerra, la campaña militar comenzó en noviembre y diciembre de 1859 con la ampliación y aseguramiento del perímetro defensivo de Ceuta, un avance sobre las colinas próximas para expulsar a las cabilas rifeñas y la estabilización de las líneas logísticas previas al avance sobre Tetuán. En enero de 1860 se inició una ofensiva en profundidad dirigida por O’Donnell con tres cuerpos de ejército y una reserva. La victoria en Castillejos, donde Prim destacó, permitió avanzar hacia el interior y, gracias a la superioridad técnica y disciplina del ejército español, tomar Tetuán. En la fase final, entre marzo y abril de 1860, la victoria en Wad Ras desorganizó al ejército marroquí y llevó al sultán a aceptar la capitulación. (Albi de la Cuesta, 2018)

El 26 de abril de 1860, España y el sultanato de Marruecos firmaron el Tratado de Wad Ras que puso fin de forma oficial a la Guerra de África. Según el acuerdo, Marruecos debía pagar a España una indemnización de cuatrocientos millones de reales, reducida finalmente a doscientos por su incapacidad para abonar la suma completa. Además, España amplió las zonas de control alrededor de Ceuta y Melilla, obtuvo el peñón de Vélez y Alhucemas, y recibió la plaza de Sidi Ifni. También consiguió beneficios económicos adicionales gracias a un nuevo convenio comercial con Marruecos. (Comellas, 2017;132-133; Perez,2024 ;167)

Si bien este conflicto, aunque aparentemente circunscrito a agravios fronterizos, fue resultado también de factores internos y externos que se combinaron para hacer de la guerra un instrumento útil para la política española de mediados del siglo XIX. (Togores,2017;141-144) No obstante los resultados fueron pobres,  a nivel diplomático, no se pudo conseguir ganancias territoriales importantes, —la esperada plaza de Tetuán— debido a presiones británicos. Además la gran mortandad entre las filas hispanas debido al evidencio un déficit importante en la planificación y graves deficiencias sanitarias. A nivel historiográfico, es importante significar que este conflicto tuvo gran repercusión en la prensa, tanto aquella afín al gobierno como la crítica. (Serrallonga,1998;141-142) Circunstancia a la que habría que añadir un notorio seguimiento mediático de las operaciones mediante el concurso de reporteros de guerra, ilustradores y pintores y por primera vez fotógrafos que dejaron constancia de los hechos acaecidos. (Palma,2016,1)

 

Bibliografía

·        Albi de la Cuesta, J. (2018). ¡Españoles, a Marruecos! La guerra de África, 1859–1860. Desperta Ferro Ediciones.

·        Comellas, J.L. (2017) Historia de España en el siglo XIX. Ediciones Rialp.

·        Palma , A. D. (2016). La Guerra de África (18591860) en imágenes (Tesis doctoral). Universidad de Córdoba, UCOPress.

·        Pérez Núñez, J. (2024). La política nacionalizadora de la Unión Liberal: la guerra de África (1859-1860). Espacio, Tiempo y Forma. Serie V, Historia Contemporánea, 36, pp 161-196. https://doi.org/10.5944/etfv.36.2024.39892

·        Rueda, G. (2011). Capítulo XIV. Política exterior, 1833-1868. En Buldain, B. (Coord.), Historia contemporánea de España, 1808-1923. pp. 255-272. Ediciones Akal.

·        Serrallonga Urquidi, J. (1998). La guerra de África (1859-1860). Una revisión. Ayer. Revista de Historia Contemporánea, 29(1), pp 140–159. Recuperado de https://www.revistasmarcialpons.es/revistaayer/article/view/serrallonga-la-guerra-de-africa

·        Togores, L. E. (2017). O'Donnell y la política de prestigio en la Europa de su tiempo. Revista de Historia Militar, (II extraordinario), pp 123–158.